40 años, por Carlos Lapeña

Este año se cumplirán 40 desde la muerte del dictador, que estuvo dictando otros 40. 40 años que murió él y 40 años que nació ella, tras largo y consensuado parto, la criatura llamada democracia española.
40 años es un tiempo más que suficiente para alcanzar la madurez y, sin embargo, todavía mantenemos esa especie de complejo de Peter Pan que nos ancla en la infancia de la transición y nos impide crecer para explorar nuevos caminos y dejar atrás de una vez esa excusa más relacionada con el miedo y los
fantasmas que con una auténtica intención de regeneración y consolidación.

En 40 años ha dado tiempo a hacer un montón de cosas y muchas de ellas han resultado tener un reverso perverso que es el que ha prosperado, el que se ha afianzado y ha convertido nuestra democracia en una caricatura triste de sí misma. La principal es que bajo la apariencia de democracia, en realidad vivimos en una partitocracia, término que, aun sin aparecer en la última edición del DRAE, es ilustrativo: el poder político no lo ejercen los ciudadanos, sino los partidos.

Ellos sí que han crecido en estos 40 años, sobre todo los grandes partidos, la parejita sobre todo, PPSOE, como viene satirizándose en los últimos años. Ellos han conseguido vivir a cuerpo de rey fabricándose un traje a medida que los diferencia sustancialmente de los ciudadanos a quienes representan. Ellos han conseguido privatizar la actividad política y que esa privatización sea refrendada por los ciudadanos en cada elección. Han convertido el concepto de servidor público en sinónimo de capataz, de directivo, de shérif, según el ámbito.

Y los ciudadanos asistimos a la farsa partitocrática adormecidos y acríticos. Pero es de suponer que no hay mal que cien años dure y que 40 sean suficientes para romper la rutina, abrir nuevas puertas y despertar de la pesadilla. En mayo y noviembre veremos si se puede… Mientras tanto, recomiendo visitar Parla, esa mega performance que parodia perfectamente el panorama político nacional,
incluso occidental, con esas instalaciones que parecen montones de basura, pero que en
realidad son espejos deformantes de nuestra madurez.

 

Carlos Lapeña es escritor.

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